Posteado por: alejandrolodi | 10 marzo, 2010

Supuestos acerca de la conciencia en astrología

Alejandro Lodi

(Año 2007) 

Sin duda, es muy complejo abordar el tema de la conciencia y su posible desarrollo. De hecho, al hablar de «conciencia» no siempre se entiende lo mismo  y muchas veces este término se utiliza para referir a nociones opuestas y contrarias. Por eso, nuestro punto de partida será definir qué entenderemos aquí por «conciencia».

Consideraremos a la conciencia como una actividad. Esta actividad se orienta hacia una percepción más profunda y sutil (no material) y abarcativa (universal, no individual) de la experiencia vital. No se trata de una actividad voluntaria, sino que la experiencia individual parece ser guiada por ella. No es una actividad interna del individuo, sino vincular y de interacción con el destino. La conciencia no es una herramienta que tiene el sujeto individual para “ser mejor” o lograr la satisfacción de sus deseos y anhelos (aunque tampoco va necesariamente en contra de ellos), sino que parece manifestar el propósito de abrir la percepción de que «persona» y «destino» forman una misma entidad, una unidad que busca reencontrarse luego de haberse vivido disociada.

Aplicar esta noción de «conciencia» a la lectura astrológica no es tarea sencilla. Pero, avanzado ya el siglo XXI ¿podría demorarse? Como astrólogos, desde hace más de dos siglos convivimos con la evidencia de que en nuestro Sistema Solar existen tres planetas más allá de los límites de Saturno. En ese lapso la conciencia humana ha desarrollado cambios notables, inéditos a lo largo de su historia. Pero, entre todos ellos hay uno de consecuencias ineludibles para nuestra labor y que resulta de una clave sincronicidad con la aparición de los planetas transpersonales: el “descubrimiento” del inconsciente.

Tal avance en el estudio del misterio de la psique humana (primero con Freud, luego con Jung y más adelante con las distintas líneas psicológicas bioenergéticas y transpersonales) ha provocado que ciertos conocimientos hasta ese momento esotéricos, herméticos u ocultos, salieran a la luz y formen parte del saber del humano común y corriente. Entre ellos los que refieren acerca del «yo» y la noción de «individuo».

Cada vez más lejos de certezas absolutas y verdades cerradas, las investigaciones y revelaciones sobre el inconsciente humano han revelado el alto condicionamiento de las acciones conscientes. Así, la concepción de la naturaleza del ser humano individual, su capacidad de autonomía para controlar su propia conducta y para modelar su destino a voluntad, ha sido irreversiblemente alterada.

Pero este desarrollo del conocimiento humano también permitió que la tradición mística y la investigación científica se encontraran en la coincidente percepción de:

1)    Cierta dinámica del desarrollo de la conciencia.

2)    Que esa dinámica resulta de inclusión y vínculo.

3)    Lo inauténtico del yo como plena expresión del ser.

Esto sería lo mismo que afirmar que lo que profundamente somos no resulta una identidad fija, que ese profundo ser, en verdad, se expresa en la relación con los otros y con el destino, y que en absoluto coincide con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

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Los supuestos habituales

No obstante, es cierto que lo habitual es tender a considerar que somos individuos separados, tanto del resto de los humanos como de la corriente general de la vida y el destino. Y como éste hay otros supuestos subyacentes a nuestra conciencia ordinaria que están presentes en la mirada cotidiana.

Suponemos también que somos siempre iguales a nosotros mismos, que permanecemos idénticos a la definición de nuestras identificaciones más tempranas. Desde este supuesto se entiende la evolución como “personal”, es decir como el agregado de nuevas cualidades, suma que redunda en una personalidad “cada vez mejor”. Se genera así la aspiración de grandeza, de ser más grandes como personas individuales, y desarrollar el talento de evitar aquello que no deseamos y lograr lo que sí deseamos, lograr nuestros sueños y evitar nuestras pesadillas.

Desde estos supuestos, el objetivo tácito de esta noción de evolución es el control individual y personal del destino: asegurarse que sólo ocurra lo que ese centro de identidad individual definió como “bueno” para sí y saber cómo sortear aquello que aparece como “malo”. Si lo no deseado ocurre es porque no se ha sabido conjurarlo, o ha habido una falla o error en tal operación de control por defecto de madurez emocional o inteligencia. Y si no pudiera evitarse lo temido, el supuesto es que se debiera ser capaz de tener al menos alguna herramienta que ayude a determinar, con toda la precisión posible, cuándo va a darse la fatalidad (esto es, controlar al menos que no nos sorprenda).

Por cierto, en gran medida tal individualidad exclusiva y el control sobre el medio ambiente inmediato para satisfacer necesidades de supervivencia es posible y real en el plano de la realidad material, en cómo se experimenta la vida desde las percepciones sensoriales biológicas y emocionales más primarias. Sin embargo, todos estos supuestos comienzan a revelarse como claramente ilusorios cuando la conciencia se adentra en dimensiones más sutiles de la experiencia vital, dimensiones tan reales como las de la existencia física.

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Otros supuestos

Ahora bien, existen también otros supuestos desde los cuales podemos sostener una percepción de nuestra realidad muy diferente a la que parece activarse automáticamente en lo cotidiano.

Más allá del anhelo de la sensación de identidad de mantenerse igual a sí misma e inamovible, la actividad de la conciencia no se revela como un estado fijo, sino que implica un proceso dinámico. No parece resultar una construcción estable y previsible, sino un flujo siempre cambiante e incierto que, no obstante, va delineando un sentido en su devenir. Desde la psicología transpersonal, se sostiene que ese flujo se despliega en tres niveles:

1) de la no-consciencia (no registro adentro-afuera)

2) a la conciencia separativa (división yo-mundo)

3) a la conciencia de totalidad (unidad conciencia-universo o identidad-destino).

Otra forma de decir lo mismo sería definir un proceso que emerge de la indiferenciación primaria hacia la identificación fragmentaria, y de ésta a la conciencia de unidad. Y también podríamos referir, desde el diseño elaborado por Ken Wilber, a las dimensiones pre-personal, personal y transpersonal.

Por otra parte, la evolución implica integración, no acumulación de cualidades. Representa una auténtica comprensión, esto es la capacidad para incluir y reconocer como propio del ser aquello que hasta ahora se veía como exterior y ajeno. Esta tarea no puede ser llevada a cabo en el plano de nuestras identificaciones personales cotidianas y habituales (“lo que creo ser”), sino que requiere el desafío de una transformación espiritual, un salto cualitativo de conciencia hacia niveles transpersonales. Este salto implica discernir con conciencia que aquello que se vivía como destino (externo y separado de lo que soy), en verdad, es contenido de la estructura del ser.

Queda así de manifiesto que quien evoluciona es la conciencia, no el yo. Más aún, para que exista una auténtica integración debe producirse una transformación del yo. El proceso de desarrollo no es conducido (mucho menos controlado) por el yo, el ego o aquellas características de nuestra personalidad con las que nos identificamos y que creemos nuestra genuina condición individual. El proceso es guiado por la conciencia en interacción con el destino, por nuestros anhelos o deseos conscientes vinculándose con las manifestaciones inconscientes de la vida que nos atraviesa y sus propósitos. En esa interacción y en ese vínculo no hay división adentro-afuera, ni interior-exterior, ni propio-ajeno, sino que ese despliegue se revela como un continuo flujo, un único devenir, en el que cualquier definición fragmentaria (yo, el otro, los objetos, los deseos, etc.) es sólo a efectos de describir la realidad de un modo que sea funcional a nuestra percepción sensorial.

Por cierto, esas divisiones son constitutivas del yo o ego personal. Por eso, cualquier percepción consciente de integración necesariamente exige el cese del control del yo, el fin de la vigencia del dominio del “fragmento que cree ser el todo” (ego) sobre la realidad.

La evolución de la conciencia no puede representar una tarea para el yo individual, ni un logro del yo individual que, en tanto “fragmento”, es capaz de conquistar (mediante voluntad, talento o esfuerzo espiritual) “el todo” demostrando méritos individuales y singulares.

La evolución de la conciencia es la revelación del alma, una naturaleza más profunda que permanece velada o apenas intuida mientras predomine la estructura del ego en el centro de la conciencia. Así, tal revelación se plasma en un proceso que parece ser autónomo a la personalidad individual y que guarda relación con la manifestación de profundos contenidos del inconsciente.

En definitiva, no se trata de que “el yo vaya logrando ser cada vez más consciente”, sino que la conciencia se va revelando al yo transformándolo. Por supuesto que, de inmediato, la estructura de identidad personal hará una interpretación de esa percepción, le dará nombre y forma definida y comunicable (para sí mismo y para los demás). Sin embargo, la conciencia siempre estará indicando que es “algo más”, que es “otra cosa” y que, en verdad, no se encuentra plenamente contenida en aquella descripción racional que ha hecho el ego individual.

Siempre que dividimos entre lo que somos y lo que nos pasa, o entre lo que deseamos y el destino que lo frustra, estamos resistiendo un potencial de integración que esas situaciones aparentemente exteriores nos ofrecen.

Visto el despliegue en su totalidad, es cierto que la forma de despertar a la conciencia parece ser emerger de la indiferenciación oceánica primaria (los estados prenatales o tempranos) comprometiéndose en la construcción de un yo personal, de una sensación de identidad separada que permita funcionar en el mundo social. Pero luego, el compromiso con el desarrollo de esa conciencia exigirá trascender ese yo mismo que antes había resultado necesario conformar. La dinámica de la conciencia incita y provoca ir más allá de esa sensación de separatividad individual que, habiendo sido funcional y necesaria en un momento del proceso, se torna obstáculo para el despliegue hacia la experiencia transpersonal.

Finalmente, es preciso estar atentos a que este modo de interpretar la evolución no sugiere que se trate de un proceso lineal o de niveles que se manifiestan en secuencia, sino que las diferentes dimensiones están presentes y potencialmente activas a lo largo de todo el desarrollo. La lógica del movimiento resulta circular o en espiral, antes que lineal o secuencial. Es decir, a cada momento -el vínculo con los otros y la relación con las circunstancias de la vida- van proponiendo el desafío de hacer prevalecer conscientemente alguna de esas dimensiones de percepción. No existen estados definitivos, ni ascensos asegurados, sino que el proceso parece ser de una incierta creatividad que habilita progresiones o regresiones en cada salto del camino.

(Fragmento de la nota para el seminario “El despliegue de la conciencia en la interpretación de la carta natal” presentado en el 11° Congreso Encuentro entre Astrólogos, organizado por GeA en Buenos Aires, junio de 2007)

 

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Responses

  1. genial sintesis.. gracias

  2. Excelente ! Trabajamos para expandir la consciencia y liberar el Alma !!
    Tus palabras lo explican fabulosamente ! Gracias por expresar tu talento !
    O mejor dicho , tu alma en consciencia ! Saludos

  3. Siempre me identificado con el tema del estudio de la conciencia y sus niveles en la evolución relacionados con la Astrología, sabiendo que a través de una carta astral, no se puede determinar el nivel de evolución de la conciencia (investigación que he hecho sobretodo con gemelos). De ahí mi necesidad de estudiar los niveles independiente de las tipologías, líneas de desarrollo, estados de conciencia, experiencias cumbre, etc que si se pueden ver a través de la carta astral.


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