Posteado por: alejandrolodi | 18 mayo, 2010

Chaplin y lo transpersonal

Alejandro Lodi

(Año 1999)

(Ponencia en el “III Encuentro entre Astrólogos” organizado por Gea-Gente de Astrología en Buenos Aires en 1999)

Hacia fines del siglo XIX, en un suburbio londinense de progresiva marginalidad, nace Charles Chaplin. Hijo de un matrimonio -ya quebrado- de artistas en decadencia, con un hermano mayor -secretamente, sólo hermano por parte de su madre- que fuera nexo con un mundo exterior severamente hostil, el pequeño Charles inicia un fabuloso viaje, tan extenso como rico en intensidades. La búsqueda por calmar carencias tan esenciales parece ser lo que activa su destino, y su prodigioso modo de resolver conflictos casi definitivos para cualquier otro humano es lo que torna épico aquel viaje.

Chaplin emerge del agobiante clima de postergación y exclusión de su niñez desde su creatividad y, por cierto, su voluntad por enfrentar riesgos. Y no sólo logra así abrirse camino, sino reflejarse en su obra. El núcleo de su expresión artística, antes que estético o ideológico, es visceral: es redimirse a sí mismo a través de su personaje. Despertar en millones de personas el sentimiento de compasión por Carlitos (Charlot), a menudo apelando a excesos dramáticos (por lo cual fue criticado con dureza), representaba la posibilidad de acercar su propio drama personal a la comprensión del resto de la humanidad. De hecho, los argumentos vividos por Carlitos (Charlot) fueron en muchos casos casi literalmente autobiográficos.

Su obra artística trascendió universalmente como  pocas lo han hecho en este siglo. Su personaje emblemático impactó en el colectivo con tanta profundidad que hoy Carlitos (Charlot) puede ser considerado genuino icono de nuestra cultura. Es muy probable que en algún instante de cada día de nuestra vida experimentemos la visión de su nombre o de la imagen de su personaje, o incluso apelemos a definir alguna situación cotidiana (equívoca o de tierna frustración) como chaplinesca.

El mimetismo de Chaplin con Carlitos (Charlot), del artista con su personaje, permite la posibilidad de casi no distinguir a uno cuando hablamos del otro. Y quizás podamos arriesgar una hipótesis: mucho de lo que Chaplin no se animó a contarnos sobre sí (o a vivir de sí) aparece narrado en el viaje del propio Carlitos (Charlot). Como personaje de ficción, Carlitos (Charlot) y sus vicisitudes traman un destino arquetípico que materializa la dimensión transpersonal de su creador. De este paralelo surge la pauta del presente trabajo, que se centra en la referida dimensión transpersonal.

La estructura del mapa natal de Charles Chaplin (16 de abril de 1889, 8.00 p.m. GMT, Londres, Inglaterra) revela una presencia destacada de indicadores transpersonales. No obstante, resulta necesario definir qué criterio utilizamos para entender relevante el volumen de ese tipo de energía, y en tal sentido nuestro análisis está basado en el concepto de «polaridad transpersonal», concepto que ha sido desarrollado por Eugenio Carutti y que representa un nudo temático esencial de la formación en su centro de estudios, “CASA XI”.

¿Qué significa «polaridad transpersonal»? Brevemente, el sistema planetario astrológico permite discriminar entre planetas personales y transpersonales. La idea es que la presencia destacada de los planetas transpersonales en el mapa natal sugiere un volumen tan intenso de ese tipo de energía que lleva a que, intentando contenerla, el psiquismo se organice de un modo que resulta desequilibrante para la estructura de los planetas personales.

Trasladado a lo psicológico, este desequilibrio necesariamente produce distorsiones en el proceso de constitución de la identidad. Finalmente, una vez constituido, ese yo organizado en la distorsión transpersonal será  el encargado de reequilibrar el sistema desarrollando un proceso de reabsorción de esa intensa carga energética transpersonal.

Ahora bien, el desequilibrio de la estructura de las funciones personales frente a la necesidad de adaptarse para contener altos niveles de presencia transpersonal, genera un movimiento por el cual la conciencia polariza, esto es, privilegia algunas funciones planetarias personales a expensas de otras. Se genera de este modo un juego de polos que se niegan y reaccionan mutuamente y que en un extremo presentar  una modalidad “directa” y en el otro “inversa”, de acuerdo a que tienda a constituirse en la pura actuación extrema de la energía transpersonal involucrada o, por el contrario, reaccione defensivamente frente a su presencia. En verdad, ninguno de estos posicionamientos polares expresa esa específica energía transpersonal en sí misma, sino que ambos se constituyen a partir de la negación del otro. Así, la dinámica de este juego polar lleva a un movimiento oscilatorio, que refleja el viaje de la conciencia recorriendo los extremos de la polaridad, experimentando así identificaciones cíclicas que abren el espacio a una progresiva integración. Avancemos en el desarrollo de este concepto a través de los ejemplos de cada caso.

¿En qué consiste  la «polaridad uraniana»? Una presencia destacada de Urano en un mapa natal indicará  que la carga de energía transpersonal a tolerar se asocia con el imprevisto, la discontinuidad, lo creativo, lo libre… y la locura. Es evidente que lo que quedará  en desequilibrio son las funciones planetarias vinculadas a la seguridad y la forma, la estabilidad y la previsión (Luna-Saturno). Así, en el caso de lo uraniano, la polarización de la conciencia se va a dar entre un extremo que proclama máxima libertad y creatividad y otro que propicia el resguardo, el orden y la subordinación a la ley, es decir un polo de extrema actividad de energía uraniana y otro reactivo a esa misma energía. De un lado el rebelde trasgresor, el creativo genial y excéntrico; del otro lado el formal, el sobreadaptado, el rígido superyoico. Ambos, por cierto, potenciándose mutuamente en un juego especular.

En el caso de la «polaridad neptuniana», la carga transpersonal asociada con una masiva presencia de energía neptuniana se vinculará  con la máxima laxitud, con la máxima capacidad de respuesta sensible, con el silencio, con la más sutil resonancia, con lo amorfo que abre la máxima sensibilidad. La tensión y el desequilibrio se dará  respecto a las funciones planetarias de la forma y la estructura (Saturno), y las de la acción y la comunicación explícita (Marte y Mercurio). El juego polar quedará  constituido entre un extremo que percibirá  el mundo de la materia, al cual el alma está condenada, como insustancial e irreal, y propiciará  la pura resonancia y omnicomprensión, y otro extremo de máxima rigidez e ingreso reactivo en el más estricto mundo de la forma, y que traduce la sensibilidad como amenaza de disolución. Así, el profundo anhelo de redención, de liberarse de “la cárcel de la materia” para poder acceder a un estado paradisíaco, genera un extremo polar que, reaccionando a ese anhelo de éxodo, se repliega en la forma más rígida posible tratando de significarlo todo.

Finalmente, en el caso de la «polaridad plutoniana», el exceso de energía transpersonal estará  asociada, básicamente, al poder, a la capacidad de transformación y de experimentar las máximas intensidades emocionales. Las funciones planetarias personales potenciadas son aquellas que podemos definir como “duras” (Marte, Saturno, Mercurio), en el sentido que claramente sirven como vehículos a través de los cuales tomar contacto con el poder, mientras que, por el contrario, la tensión se manifestará  con las funciones planetarias personales “blandas” (Luna, Venus, Júpiter), las cuales quedarán desvalorizadas ante la percepción de que las cualidades sensibles y receptivas no contribuyen a aquel contacto, sino que -más aún- lo frustran. De este modo, la «polaridad plutoniana directa» estará  asociada a un polo de absoluto poder, un polo omnipotente, mientras que la «polaridad plutoniana inversa» lo estará  a un polo de absoluta sensibilidad pero ausente de poder, un polo impotente.

Cerrando este encuadre teórico, definamos técnicamente qué posiciones natales de planetas transpersonales son las que permiten considerar «polaridad transpersonal»:

.- En aspecto duro al Sol.

.- En aspecto duro al regente del Ascendente.

.- En posiciones angulares (en Ascendente y Medio Cielo y, en menor medida, en Casa IV y Casa VII).

.- En Casa XII.

De este modo, aplicando este criterio a la carta natal de Charles Chaplin, podemos decir que se registran los tres tipos de «polaridad transpersonal».

Por un lado, vemos que es posible otorgar «polaridad uraniana» a partir de los siguiente indicadores:

  • Urano en oposición al Sol.
  • Urano en Casa XII.

Ahora, más allá de lo técnico, es posible registrar en la historia de vida de Charles Chaplin hechos que evidencian la manifestación de este juego energético uraniano: su constante sensación de marginalidad, de no pertenencia, su explícito rechazo a la identidad nacional, la creación súbita, no premeditada, de un personaje que encarna un nivel mítico de lo uraniano, la apelación natural al humor desde el recurso del absurdo, lo cual representa un juego energético sutil que lo acerca mucho al arquetipo de bufón, esto es, alguien que, por apelar al absurdo, es tolerado en su crítica al sistema.

Sin embargo, de acuerdo a nuestra hipótesis, es en Carlitos (Charlot) donde se transparenta una manifestación del juego de la polaridad. Así, en el caso de la «polaridad uraniana», su personaje muestra características típicas de la conducta y el destino de aquello que hemos definido como «uraniano inverso»: Carlitos (Charlot) no es un mendigo ni un delincuente, sino que tiene modales de caballero, es educado, respetuoso, pretende vestirse con elegancia, no conspira contra los valores sociales sino que intenta adaptarse a ellos, pero está absolutamente excluido. Pretende pertenecer, pero está marginado. Carlitos (Charlot) no se da  cuenta de esto, y en esta situación están basados muchos de sus “gags”: pretender un reconocimiento que es visiblemente imposible.

El comportamiento y las peripecias de Carlitos (Charlot) como «uraniano inverso» resuenan profundamente en el inconsciente colectivo de su época ya que aluden -por cierto, con un alto grado de espontaneidad- a un momento particular del desarrollo social en Occidente. Muestra la sombra de la sociedad capitalista de principios de siglo, la contradicción no reconocida del sistema: los que no tienen chance de ser incluidos. El enunciado “progreso indefinido” del positivismo de fines del siglo XIX, la “igualdad de oportunidades”, queda descubierto en su contradicción con Carlitos (Charlot) y, de hecho, en muchas de las complicaciones de la vida pública de Chaplin. Carlitos (Charlot) impacta colectivamente desde una imagen humana, la imagen de alguien que padece el mismo “callejón sin salida” que muchos otros y es reconocido universalmente, siendo recibido en cada sitio como si éste fuera su hogar.

Esta última nota muestra un perfil que deja en evidencia, además, la presencia de la «polaridad neptuniana», corroborada por los siguientes indicadores astrológicos:

  • Neptuno en aspecto duro al regente del Ascendente (conjunción Plutón).
  • Neptuno en Casa VII.

Este punto tiene mucho que ver con la ya mencionada característica autobiográfica de su obra. Chaplin resuena en el colectivo desde su propia vivencia tanto como su propia vivencia se involucra con el drama colectivo. Esto alimenta el anhelo paradisíaco, el de un estado de amor universal, de entendimiento armonioso entre todos los seres humanos, del cual Carlitos (Charlot) es símbolo.

Por otro lado, el mundo de Carlitos (Charlot) es el mundo del silencio, el mundo de la ausencia de la palabra. Chaplin impacta en el mundo del cine, pero, más definidamente, en el mundo de la imagen sin palabra. La contundencia de lo que Carlitos (Charlot) transmite no reside en un contenido verbalizado, sino en la empatía con el testimonio de su imagen y la resonancia honda que provoca. De hecho, el arribo del cine sonoro es resistido por Chaplin y durante una década seguirá  insistiendo, contra todo consejo comercial, en la realización de películas mudas. Finalmente, con El Gran Dictador incorpora la palabra a su lenguaje cinematográfico, pero esto representa, sincrónicamente, la decisión del retiro definitivo de Carlitos (Charlot).

Tanto con la «polaridad uraniana» como con la «polaridad neptuniana» Chaplin y Carlitos (Charlot) comparten el ejercicio de la manifestación de su dinámica característica. Es en el caso de la expresión de la «polaridad plutoniana» donde Carlitos (Charlot) parece haberle brindado mayores servicios a Chaplin.

La posibilidad de presencia de «polaridad plutoniana», queda registrada en el siguiente indicador:

  • Ascendente en Escorpio.

En verdad, podemos preguntarnos si la presencia de escenarios plutonianos desde recién nacido está vinculada a las características de su nido plutoniano (Luna en Escorpio), a la incorporación de energía escorpiana (Ascendente en Escorpio) o al juego propio de «polaridad plutoniana». A priori, parece complejo discriminar con claridad la «polaridad plutoniana» de su Ascendente en Escorpio, en el sentido de que no aparece tan manifiesto  el juego de identificación oscilatoria con un polo omnipotente y otro impotente como para atribuirle polaridad, sino que la permanente atmósfera plutoniana de los hechos de destino puede resultar característica del viaje de su Ascendente.

Ahora bien, resulta clave considerar que esto lo deducimos a partir de lo que conocemos de Chaplin desde su propio relato autobiográfico. En su historia quedan zonas oscuras que -básicamente- involucran su mundo afectivo de relación y que le han hecho vivir a Chaplin sus situaciones más bochornosas y escandalosas. Quizás en ese mundo de relación (vedado a nuestro conocimiento) se haya manifestado la «polaridad plutoniana». Pero más allá de esta suposición, donde sí aparece claramente un juego de «polaridad plutoniana» es en su personaje. Recurrentemente, Carlitos (Charlot) aparece encarnando el polo inverso, con fugaces momentos (en su mayoría fantásticos, ilusorios) de oscilación directa. Aquí podríamos arriesgar una hipótesis: esa dimensión plutoniana de su energía fue vivida por Chaplin desde el polo «inverso» durante su niñez y adolescencia, pero que a partir de la creación de su personaje Carlitos (Charlot), éste absorbe la proyección de su polaridad, o al menos lo libera de la identificación con el polo «inverso», permitiéndole a Chaplin conseguir objetivas atribuciones de potencia (esto es, oscilar hacia el polo «plutoniano directo»), y consolidar el desarrollo de su carrera de cineasta independiente de gran reconocimiento.

En este sentido, Carlitos (Charlot) vive por Chaplin circunstancias propias de su «polaridad plutoniana», Carlitos (Charlot) aparece como una virtual materialización externa de una dimensión dramática y asfixiante del propio mundo interno de Chaplin. Con la creación de Carlitos (Charlot) logra constituir un gran foco de drenaje de su «polaridad plutoniana»: desplaza carga plutoniana de su vida personal a su vida pública, y luego hacia lo colectivo. En el argumento de El Gran Dictador este juego proyectivo llega a su máxima expresión.

El juego omnipotencia-impotencia, propio de la «polaridad plutoniana» aparece con gran nitidez en El Gran Dictador: Hitler (Hynkel) y Chaplin (Carlitos-barbero judío) aparecen confundidos como un solo individuo, del cual Hynkel-Hitler encarna su «polaridad plutoniana directa» y el barbero judío-Carlitos (Charlot)-Chaplin encarna la «polaridad plutoniana inversa». La resolución de esta trama es neptuniana: el barbero se aprovecha de la situación confusa y usa el poder de Hynkel-Hitler para enviar “desde el cielo” un mensaje fraternal al mundo, un discurso cargado de idealismo (uraniano) que describe un verdadero “paraíso en la Tierra” y con el que logra influir en la conciencia de la Humanidad.

Por cierto, dejar en ridículo a Hitler en su momento de máximo apogeo (Chaplin trabaja sobre la idea del film antes de declarada la Guerra, cuando aún los líderes políticos occidentales intentaban negociar con jefe de gobierno alemán y, sobretodo, no provocarlo) o incluso llevar su crítica casi a una disputa personal, revela con elocuencia la dimensión de su «polaridad plutoniana». No es posible imaginar que alguien enfrentara públicamente a Hitler en aquellas circunstancias sin sentirse  portador de un poder equivalente. De hecho, un análisis de sinastría entre las cartas de uno y otro resultaría sumamente significativo (recordemos que Hitler nace apenas 4 días después de Chaplin), pero excedería el marco de este trabajo ya que representa un material que justificaría un estudio en sí mismo.

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Responses

  1. soy alumna de csa XI primer año, en olivos, con mariano.
    me encantó este trabajo tuyo y me gustaría recibir en lo sucesivo tu material.
    muchas gracias

    gabi

    • Hola Gabriela.
      Muchas gracias por tus comentarios. Te mantengo al tanto de mis actividades y seguimos compartiendo el blog.
      Un abrazo

  2. Muy bueno Alejandro , me cuesta el tema de polaridades y lo tuyo me acalra mas lo que no se aclara

  3. Buen día Alejandro.
    Que interesante!!!. Muchas gracias por compartir.
    Que mundo fascinante la astrología, maravilloso.

  4. tambien soy alumna de CXI y me gustaria recibir material tuyo, a mi me ayudo mucho con el tema de polaridades

    Gracias
    Teresa

    • Gracias Teresa. La incluyo en mi lista de correos para recibir información. Abrazo…

  5. Muy buenos los artículos… ya leí varios tuyos de astrología y tambien de tarot. Soy alumno de 2º año en casa XI, y me gustaría recibir tus artículos. Gracias desde ya.


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