Posteado por: alejandrolodi | 13 septiembre, 2012

Ego, ídolos y líderes

Alejandro Lodi

(Septiembre 2012)

En astrología, la función solar representa la capacidad de todo sistema para generar un centro organizador. Desde ese centro, la complejidad de los distintos componentes del conjunto adquiere coherencia. Evita la disgregación y habilita la expresión de su cualidad: irradiar lo que es y resonar con los otros sistemas que componen el universo

En lo psicológico, la función del Sol es definir un centro de identidad que dé carácter a la estructura psíquica. La conciencia se reconoce como identidad individual y fija una imagen de sí misma que ordena su expresión y conjura el caos psíquico de no ser. El Sol simboliza esa sensación de identidad personal, de ser “esa” persona. La confianza para expresar lo que se siente ser. Representa lo que habitualmente reconocemos como yo o ego personal.

Antes que una estructura fija y definitiva, el yo o ego personal es una fase del proceso de la conciencia. No es el culminante logro sino un momento del viaje. Una etapa necesaria del desarrollo consciente que habilita la capacidad de autonomía individual para emerger de la indiscriminación regresiva y dependiente. Y esa identidad no es algo ya dado, sino una construcción. La conciencia construye esa imagen personal que le permite diferenciarse del origen. En sus estadios tempranos, la construcción de ese yo personal se vale de referentes externos, de otros que sirven de modelos de identidad. En nuestra infancia esos modelos son los padres y así proyectamos la función solar en ellos. En nuestra adolescencia, los ídolos y los líderes. Padres, ídolos y líderes se constituyen en referentes -positivos o negativos-  de aquello que creemos ser. Ya sea por imitación o por rechazo, nuestro ego se forma en ese espejo. Nuestro yo se corresponde con las figuras a las que idolatramos y con aquellas a las que seguimos fielmente. De este modo paradójico, esa identidad personal que nos permite diferenciarnos como individuos singulares está condicionada por los referentes con quienes nos comparamos en lo que queremos ser o no ser. Padres, ídolos y líderes se revelan como símbolos de la experiencia del ego. Ego, ídolos y líderes como significadores del Sol astrológico.

Y si bien este proceso es necesario e inevitable, en su desarrollo la conciencia madurará (o, al menos, tendrá oportunidades de hacerlo) hacia experiencias de mayor capacidad de respuesta autónoma y menor dependencia de modelos externos, pugnará por retirar aquella proyección sobre imágenes exteriores para asumir así cada vez mayor responsabilidad por la propia vida. Es el salto de la conciencia adolescente a la conciencia madura. De una conciencia identificada con una imagen ideal y fija de sí misma a una conciencia capaz de sostener la dinámica entre identidad personal y destino, de reconocer en esa dinámica la sustancia de su autorealización.

En términos astrológicos, en algún momento de su despliegue la conciencia afrontará el desafío, no sólo de articular la función solar con el resto de las funciones que simbolizan la estructura psíquica personal, sino con las transpersonales. Habrá un tiempo en que la conciencia abordará la experiencia de que la identidad personal sepa resonar con las dimensiones que transparentan el misterio del ser. Antes que un modelo fijo y definitivo a imitar, aquello que soy se evidenciará como un movimiento circulatorio, un proceso de revelación que no se detiene en punto alguno y que exige una constante indagación en las profundidades interiores, en el vínculo con los otros y en la relación con los hechos de destino.

La conciencia adolescente desarrolla su diferenciación del clan proyectándose en una identidad singular a la que aspira imitar: el ídolo adorado, el líder al que se sigue con devoción… Y conciencia adolescente no es un concepto que se reduzca a “la conciencia del adolescente”. Aún el individuo adulto puede expresar conductas condicionadas por el estadio adolescente de la conciencia: la imprescindible configuración de un nítido referente externo de personalidad para adquirir sensación de identidad personal por comparación. Es una fase necesaria del proceso a la que, en algún momento, le sucederá un salto de madurez. Ese salto tendrá que ver con asumir responsabilidad: atreverse a responder a una irradiación que emerge del propio corazón y que –aún resonando con otros corazones- no es imitativa, sino responsable de su espontaneidad. En este estadio, la conciencia deja de compararse con un ideal afectivizado y asume lo que se evidencia que es. Tal responsabilidad, lejos de significar fidelidad a modelos, representa la frescura y el riesgo de responder a la realidad desde lo que la propia percepción estimula y ponerlo en juego en la interacción con los demás, sin la protección y el resguardo de la mirada aprobatoria de personalidades ejemplares convertidas en dogma. Y esto implica una calidad vincular claramente diferenciada: encontrarse con otros por compartir desde el corazón, no por refugiarse en acuerdos perceptivos en los que confirmamos nuestra importancia personal. Un encuentro de conciencias que se exponen a la libertad, no una congregación de fieles.

Ego, ídolos y líderes no tienen un único valor. Son ambivalentes. Y paradojales. Por un lado, representan un estímulo para que la conciencia se experimente más allá de los condicionamientos familiares de los que anhela emerger. Pero, también son un obstáculo a reconocerse en el destino y en los otros, un (nuevo) condicionamiento a “ser como” antes que a confiar (y exponerse) al ser en revelación. Como la conciencia adolescente, representan un estadio que hace puente entre el mundo infantil y el adulto, entre un estado de dependencia y subordinación a la responsabilidad de otro y un estado de asunción de la propia responsabilidad.

Ego, ídolos y líderes representan ideales positivos que se contraponen a referentes de valor negativo. Necesariamente, aportan a la conciencia individual sensación de identidad reforzando separatividad: soy “esto” por oposición a “lo otro”. Y, al mismo tiempo, generan la encantadora sensación de completud: ser una parte que contiene el todo, una parte capaz de excluir todo lo diferente a sí misma.

En su necesidad de experimentar la más convincente sensación de ser un individuo diferenciado y autocentrado, la conciencia adolescente encuentra en ego, ídolos y líderes el persuasivo hechizo de una identidad de absoluta luz: la personalidad providencial, excepcional, realizada, iluminada… La fantasía de estar en presencia de aquel que demuestra la excitante posibilidad de ser pura luz, sin sombra. Y aún en los casos en que la evidencia de sombra resulte tan explícita que no pueda dejar de ser percibida (al menos, sin tocar lo patológico), ese contenido será justificado como “daño colateral” compensado por los beneficios que aporta aquella “maravillosa luz”, o como rasgos que demuestran que esa personalidad superlativa “también es humana”, defectos que “aún faltan mejorar” porque “no se puede todo a la vez”.

Lo que delata este imaginario es una interpretación distorsionada de la dinámica luz y sombra. Una distorsión necesaria para ser indulgentes con la propia subjetividad, para que la pretendida percepción de patrones psicológicos no ponga en riesgo mi necesidad “de que la realidad coincida con lo que quiero que sea”. De este modo, la dinámica luz y sombra queda cristalizada en criterios morales fijos, en una interpretación rígida de virtudes y defectos: la luz es el bien, la pureza, y la sombra es el mal, el vicio. Ego, ídolos y líderes encarnan el ideal de una identidad de virtudes plenas y carente de defectos (o mínimos y reducidos a anécdotas marginales comparados con el valor resplandeciente de la luz).

Esta forma de significar el juego luz y sombra es una distorsión polarizada de su percepción como dinámica psicológica. Una, refleja la lógica excluyente de polos en batalla. La otra, la lógica incluyente de polos en interacción. Una, evidencia el anhelo de predominio absoluto de un polo y exclusión definitiva del otro. La otra, reconoce la necesidad de incluir ambos polos para generar la dinámica vincular que aporte lo nuevo.

Inscribir la experiencia de la identidad personal en el incesante devenir de la conciencia, exponer la experiencia del ego al misterio de la dimensión transpersonal, implica la revelación de una percepción en la que lo creativo ya no puede ser propiedad de un polo ni expresión de un centro fijo, sino un don vincular que se revela en la interacción de diferencias.

Considerado este juego como una dinámica, la luz representa la identificación consciente y la sombra aquellos contenidos que permanecen no reconocidos, reprimidos, negados y fundamentalmente proyectados. Dada esa identificación consciente (lo que creo ser) quedan excluidos esos contenidos no visibles (lo que creo no ser).  La sombra no es, por lo tanto, un defecto de la personalidad que es necesario corregir, sino aquello que repudiamos en los otros o rechazamos del destino. Nuestra sombra es aquello que sentimos que nos victimiza.

Lo transformador (y por eso costoso) de la percepción del juego luz y sombra como dinámica del psiquismo es reconocer y asumir que toda luz proyecta sombra y que esa sombra repulsiva que se hace visible se corresponde con aquella luz encantadora. No hay modo de hacer contacto con la sombra sin cuestionar la luz. No hay manera de registrar nuestros complejos inconscientes sin tener que transformar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Ver sombra es resignar un imaginario luminoso. Ver la realidad velada en nuestro inconsciente es desencantar al ego, humanizar ídolos, privarse de líderes.

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Responses

  1. Muy bueno, Ale, es lo esencial de nuestra resistencia a integrar la sombra

  2. Excelente.

  3. la sombra es aquello que repudiamos en otros,lo rechazado como destino,aquello que victimiza !!!! excelente muchas gracias

  4. Alejandro, muy bueno y sobre todo tan oportuno!!! Te pregunto y me pregunto? Saturno ingresando a Escorpio nos va a dar la oportunidad de dividir más la conciencia y también de permitir como dice la canción “ser luz bebiendo de la oscuridad…” Por qué nos podemos sentir y bucear en el miedo propio antes de tomar posiciones tan antagónicas?
    Gracias por la reflexión. Liliana.

    • Gracias Liliana. Celebro el optimismo de tu “fallido”: en lugar de “¿por qué no podemos sentir?” escribiste “¿por qué nos podemos sentir?”. Abrazo

  5. Muy bueno, Ale!…cuestionar la luz para poder contactar con la sombra…

  6. Excelente y muy desccriptivo a mi criterio, no sólo de la función solar; sino del juego en donde la fase de Leo es incipiente y aún se confunde con Cáncer. Donde el individuo aún no es individuo y responde como masa,como un reflejo, como un piloto automático. Esa mínima consciencia que se arroga para sí la sensación de totalidad en cuanto pertenencia; que no se da cuenta de la sombra lunar en la que se ampara, para ver afuera el Sol. Sombras adolescentes, sombras infantiles que tan caras cuestan…

    • Gracias Gabriela. Es cierto, esa conciencia adolescente es una imagen solar-lunar.´El costo en sufrimiento es demasiado. Sin embargo, el hechizo de “un universo ajustado a mis (o nuestras) necesidades” es embriagador. Y agotarlo consume mucha experiencia de vida. Abrazo

  7. Muy bueno !! Leyendo tu artículo me recuerda cuan movil es la identidad a la que solemos asociarla a un “centro”, a algo fijo.Pareciera que cuanto mas forcemos permanecer iguales, se hará a costa de un mucha rigidez. Gracias por ayudarnos a mover nuevas zonas neuronales !

    • Gracias Bea, por estimularme a no permanecer igual. Abrazo

  8. Gracias por esta nota. La toma de conciencia de la sombra como entidad personal y además colectiva es indispensable para la integración , muy conveniente es este momento en que pareciera que la exclusión es el camino. Abrazo fuerte.!!!

  9. Muy pero muy buena nota

  10. Excelente nota!!!

  11. Gracias Ale, este artículo me llega en sincronicidad con identificaciones a viejos paradigmas y echa a rodar estas nuevas (y eternas) miradas sobre lo real. Raúl

    • Don Raúl, un placer encontrarnos en estas sincronicidades. Abrazo

  12. Me gusto mucho como explicas el paso de adolescente a maduro. Creo que ahi nos estacionamos idealizando y no hacemos el esfuerzo de ver lo que nos pertenece de sombra:
    Ale como siempre re claro. Gracias
    Namaste josefina

  13. Habrá un tiempo en que la conciencia abordará la experiencia de que la identidad personal sepa resonar con las dimensiones que transparentan el misterio del ser….deliciosas y misteriosas experiencias que ponen en contacto directo con el alma
    Abrazo. Ale

  14. Ale no me canso de decir, lo didáctico que sos, claro totalmente. Lo que describís, quien más quien menos, todos lo hemos vivido y aún lo vivimos, y amén de eso, también lo veo en la sociedad como entidad, veo ese mismo desarrollo y, además lo veo desplegar en todas las sociedad del mundo como una sociedad. Lo que me fascina de este momento, es que nos permite encontrar esa sombra y creo, que ya no hay lugar para proyecciones. Sólo podemos verlo y reconocerlo. Mil gracias Ale, abrazo de oso. Cristina Caamaño

    • Gracias Cristina. Es crucial sentirlo como un proceso que nos atraviesa a todos y así disolver el hechizo de creer que “la sombra es el otro”. Abrazo

  15. Lo que me costó leer este artículo!!! Hace tres días que le estoy dando vueltas, me evado en cada párrafo! Intentaré volver en algún momento, si mi luna en leo afloja un poco. Abrazo!

    • Tranquila Adriana. Aunque estoy en tratativas para incluir mis artículos en el “manual del alumno bonaerense”, todavía no es obligatorio. Abrazo

  16. Mi sol en ocho agradecido a este articulo Lodi!! Te diria que sos un idolo pero no da… = ) Mejor te digo GRACIAS! Y sigamos en la pràctica!

  17. Buen análisis para lo individual. A mi juicio, falla al extrapolarlo a lo colectivo. lo que, de todos modos, apenas está esbozado en el artículo. Los ídolos individuales, adolescentes, se erigen para separarse de la indiferenciación familiar, no para perderse en la experiencia colectiva. Los ídolos colectivos, en cambio, funcionan como catalizadores de experiencias en las que lo individual se pierde en buena medida y momentaneamente. Para perderse en la masa hay que tener bien instalado el yo, estructura dual y no singular, figura elíptica (dos núcleos) y no circular (un centro). No habría que confundir los niveles, tal como trato siempre de indicar, con todo respeto.

  18. Hermoso articulo, gracias por compartirlo, saludos.

  19. Maravilloso…..

  20. Muy bueno, y comparto con Jorge Bosia respecto de distinguir en los análisis los niveles individuales de los colectivos. Comparto la refelxión de Beatriz Leveratto en que pretender continuar fijados en un mismo centro es a costa de mucha rigidez y dolor, agrego. En este juego dinámico de luz y sombra sigamos rompiendo vasos!

  21. Muy bueno Ale. En lo personal, Comparto la mirada de lo colectivo y creo que hay muchas modalidades para que el yo pueda perderse en la masa, en lo transpersonal. Puede creerse que es momentáneo pero el estado de embriaguez sigue. Esa es mi opinión. Gracias por compartir tus síntesis.
    Abrazo
    Javier

  22. Excelente, escrito, me gusto

  23. Excelente Alejandro…!! En concepto y en forma!!! Me encantan tus análisis!!!

  24. juego de luces y sombras ilusion des ilusion sera el camino para alcanzar cierta madurez…..de pronto el miedo nos pone rigidos de pronto algo se flexibiliza y asi vamos por el camino tal vez alguna vez llegue la esperada libertad amorosa y compasiva. hummmm gracias Ale

    • Marta, no deje de comunicarme cada hummmmm que aparezca en sus percepciones. Abrazo…


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