Posteado por: alejandrolodi | 23 julio, 2013

Acerca de idealizaciones y condenas

Alejandro Lodi

(Julio 2013)

01«…Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez…» (Jorge Luis Borges, “Funes, el memorioso”)

Este artículo trata acerca del pasado, la adolescencia y la autenticidad. Técnicamente, del Sol articulando la relación entre Saturno-Luna y Urano. Es decir que trata sobre la identidad personal como expresión de la dinámica entre la memoria afectiva, los referentes de autoridad y la creatividad. O sobre la búsqueda de ser auténticos por diferenciación o identificación con modelos. O –fundamentalmente- del juego de la polaridad y la trampa de las polarizaciones.

La memoria da seguridad, el porvenir angustia. Aún siendo un pasado doloroso, buscamos allí claves para fugar al futuro. Aún siendo el futuro una atractiva promesa, lo construimos a partir de las marcas del pasado que necesitamos conjurar. Es lógica esa seguridad y esa angustia: en el pasado nacimos, en el futuro moriremos. No obstante, en esa lógica hay sufrimiento. Un impulso transpersonal demandará desafiarla, en el momento en que la conciencia descubre que esa lógica es fuente de ese sufrir.

Miramos hacia el pasado. Organizamos el presente según nuestras evaluaciones del pasado.

Surge así un circuito que se organiza en la tensión de dos posiciones arquetípicas: la obediencia (continuar el pasado) y la rebeldía (oponerse al pasado).

Ya en nuestra niñez se evidencian esas tendencias. Pero es en la adolescencia donde el desarrollo evolutivo de la psique ofrece la oportunidad de definirlas más conscientemente. De hacer identidad solar en una u otra. Y de generar un nítido (y clave) juego de luz y sombra: la identidad obediente generando un destino de trasgresiones, la identidad rebelde descubriendo severas fidelidades.

Es en la adolescencia donde la percepción del mundo desde la perspectiva del clan familiar entra en crisis, a favor de una diferenciación singular y autónoma. Y esa crisis es también de la propia imagen personal. Es tiempo de arriesgar lo que se intuye auténtico y diferente a lo esperado. Es el primer despertar de la conciencia, la primera llamada para dejar de ser niños y transformarnos en adultos, para dejar de ser hijos y comenzar a ser individuos.

Lo natural en la adolescencia es un impulso rebelde (a veces incómodo, a veces reconfortante). La primera traducción de aquel despertar es definirse por oposición, comenzar a experimentar que soy lo contrario de aquello que representan mis padres.

Y en esa rebeldía, creyendo liberarse de lo viejo, se confirma el entramado de una identidad personal definida por el pasado. Una conciencia que mira hacia el pasado. Mirar al pasado para repararlo, para cobrarnos justicia, para descubrir quiénes somos. La rebeldía necesita mirar al pasado. Y, de un modo fatal, implica reproducirlo y fijarlo, convencidos –paradójicamente- de estar “dejándolo atrás”. Con las mejores intenciones, se gesta un hechizo de identidad que, obsesionado por la memoria (ser lo opuesto a lo conocido), frustra la ocurrencia de lo creativo.

Es muy tentador. Definirse por oposición al recuerdo de lo que (creemos que) hicieron con nosotros. Ese pasado comienza a ser una necesidad para confirmar nuestra imagen idealizada. Porque si se descubriera que el pasado –de pronto- fuera otro, entonces ya no seríamos la encantadora identidad que creemos haber conquistado. Necesitamos esos padres para sentirnos seguros de ser quienes somos. No podemos liberarlos de ser lo que necesitamos que sean para seguir sintiéndonos distintos (¿mejores?) que ellos. Así, el potencial de creatividad queda confinado a escribir la memoria ajustada a la rebeldía, lo original de nuestra autenticidad obligado a ser funcional al relato histórico que nos confirma en nuestra diferencia (¿superior?): soy (seré) lo opuesto al mundo de mis padres.

Padres que condicionan a sus hijos a su imagen. Hijos que condicionan a sus padres a su imagen. Hijos que fijan a sus padres y padres que fijan a sus hijos. Hijos que quitan creatividad a sus padres y padres que quitan creatividad a sus hijos. Saturno castrando a su padre, Urano. Y Saturno comiéndose a sus hijos. Circuitos polarizados y cerrados. Nadie tiene libertad para ser algo distinto a la imagen que el otro tiene (y necesita) de él. No hay libertad, no hay circulación de lo creativo.

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Así en lo psicológico como en lo sociológico

Desde esta visión de los padres y del pasado del clan familiar, se configura una percepción de las relaciones humanas y de la historia de la sociedad.

En lo persuasivo de estas visiones, la descripción del mundo alcanza alturas de realismo mágico: las injusticias (todas) son obra de ese orden pretérito. Aboliendo ese orden (fuera de la casa paterna, asaltando el palacio) sobrevendrá lo genuino de mí y el Paraíso en la Tierra. Oponiéndonos al mandato nos liberaremos de él y seremos lo auténtico de nosotros.

Esa autenticidad potencial, esa intuición de singularidad genuina, se proyecta en una figura idealizada: el ídolo juvenil (simbolo solar). Ya sea artístico, deportivo, religioso o político, ese ídolo condensa -mágicamente- todos los atributos virtuosos a los que la conciencia adolescente aspira a acceder. No somos como el mandato familiar quiere, seremos como el ídolo.

Aquí cobra (incómoda) nitidez el juego de luz y sombra: brota del rebelde un fervoroso obediente. Ese ídolo venerado se convierte en un nuevo referente de autoridad, un nuevo deber ser, un modelo positivo antagónico al modelo negativo de los padres. Uno es todo lo que no es el otro. El ídolo como nuevo padre. Otro modo de ingesta de Saturno. El ídolo adorado es lo opuesto al padre repudiado. La rebeldía a los padres es directamente proporcional a la obediencia al ídolo.

La conciencia adulta es la madurez de ese estadio adolescente. Madurez es la desilusión de esa rebeldía mágica. La desilusión implica percibir que la ausencia de creatividad en la sumisión a los padres es la misma que termina por manifestarse en la devoción al ídolo. La idolatría es resignar creatividad. La idolatría es vitalidad imitativa.

El ídolo debe desilusionar. El rey debe caer. El ego imitativo debe morir para que pueda circular creatividad. Pero no se trata de que deba desilusionar “ese” ídolo, ni caer “ese” rey, ni morir “ese” ego imitativo. No sería suficiente y, por el contrario, el juego polarizado se recrearía con un nuevo (¿nuevo?) ídolo encantador, rey magno o ego imitativo soberbio. El desafío para la conciencia adulta es aún más profundo: si se disuelve el hechizo de la polarización, entonces lo que se desilusiona, cae y muere es ese juego de posiciones, no sus circunstanciales ocupantes. Se desilusiona, cae y muere la posición obediente-rebelde.

Una vez desilusionados, caídos y muertos, la actividad de rebelarse a los padres, festejar a los ídolos o  justificar imitaciones de padres o ídolos, comienza a generar la sensación de enloquecer. Una sana advertencia de que no hay vuelta atrás: la conciencia se ha comprometido con soltar el encanto de mirar al pasado.

Pero, ¿qué podría habilitarse a partir de esa nueva vista?

La creatividad, sentir la emergencia de una expresión más auténtica de sí mismo, se revela en los vínculos y en el necesario contraste entre la imagen personal -y sus expectativas de futuro y relatos del pasado- y lo que el destino (los hechos, los otros) devuelven. Lo que nos ocurre (en particular, si contradice nuestros anhelos) nos pone en contacto con las pretensiones –inesperadas- que la vida tiene con nosotros. Y eso nos exige descubrir un pasado también inesperado. Aceptar y reconocernos en el destino implica resignificar lo que creemos que somos, de dónde venimos y hacia donde vamos.

Sin obedecerlos ni repudiarlos, reconocernos en los padres. Para dejarnos ser y permitirles que muestren lo que son.

Sin imitarlos ni desilusionarnos, reconocernos en los ídolos. Para liberarnos de creernos superiores y responder a lo que nos convoca desde el presente.

Madurar es la conciencia de que, detenidos en el pasado, lo reproducimos en el futuro.

La creatividad futura brota al disolver el hechizo de idealizar o condenar el pasado. Ser responsable de la creatividad del presente exige soltar al complaciente y al inquisidor.

Liberar el pasado de idealizaciones y condenas. Idealizar y condenar reproduce el pasado, nos fija y cristaliza en la construcción que hicimos de ese pasado desde este presente. Allí, el presente es ocupado por una ficción del pasado.

Mientras no surja la náusea de promover idolatrías o sentenciar culpabilidades, el hechizo del pasado seguirá capturando a la conciencia, frustrando los dones del futuro.

Frustrar la adolescencia es disponerse a abandonar a una imagen encantadora de sí y del mundo, a favor de despertar a la vitalidad de los propósitos de la vida.

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(Artículos asociados:

https://alejandrolodi.wordpress.com/2012/09/13/ego-idolos-y-lideres/

https://alejandrolodi.wordpress.com/2011/03/21/acerca-de-la-memoria-y-el-perdon/)

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Responses

  1. El camino incierto de explorar la propia creatividad, con todo lo que trae ….Nos estamos conociendo….
    Besos y gracias

  2. Como siempre sabias tus palabras Ale… Muchas gracias!

  3. Una vez más, gracias por tender puentes entre la astrología y la psicología Ale.
    Tu mirada permite profundizar creativamente en la complejidad y la riqueza del alma humana otorgando a los que intentamos bucear en ella nuevos indicios.
    Abrazo.

    • Gracias Silvina. ¡Hay tantos puentes por explorar! Abrazo

  4. Excelente esa mirada, Ale, pero en este estadio de conciencia nos lleva años liberarnos (un poquito) de ese juego de luz y sombra que tan bien describis. Un abrazo

    • Gracias Silvia. El punto es ver ese juego como una dinámica y no quedarse cristalizado en polarizaciones. No podemos liberarnos de la dinámica (no tendría sentido), pero sí del “peligroso gustito” a fijarnos en extremos. Abrazo

  5. Para leer y releer, tratando de aprehender, genial el artìculo, muchas gracias por estos artìculos maravillosos que nos hacen pensar, disfrutando a la vez.

  6. Desde aquí reflexiono en que todo es necesario. Las vivencias en la niñez y la adolescencia, sean restrictivas y posibilitadoras, nos construyen en lo que somos. Dan el tono a nuestra rebeldía adolescente, fijan el punto de separación para buscar el opuesto.
    Y sin estas experiencias, sería nuestro despertar lo mismo?
    perturba de tal manera esa lucha constante entre nuestro pasado y el futuro que no nos deja conectar con la verdadera esencia de cada uno?
    En resumen, hacer la vida fácil a nuestros hijos, los ayudará a conectar con su destino? o necesitan estas vivencias para encontrarlo?

    • Gracias Enrique. Mi sensación es que todo es necesario y, en algún momento, mostrará ser insuficiente. Cada experiencia es fase necesaria de un proceso que la excede. Ver “en círculo” no permite repudiar nada ni fijarnos en nada.
      Seguimos compartiendo. Abrazo

  7. Integrador y por lo tanto reconciliador, como siempre.
    gracias !


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