Posteado por: alejandrolodi | 18 enero, 2017

El olvido de sí mismo

Alejandro Lodi

(Enero 2017)

 8

…El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo…

Jorge Luis Borges. Las ruinas circulares.

Seguramente hemos participado de la experiencia. Alguna vez. Momentos de olvido de sí mismo. Con menos poesía, podríamos hablar de desdoblamientos. Instantes en los que, como si fuéramos otra persona, observamos (si es que la palabra adecuada es “observamos”) nuestros propios miedos, apegos, deseos, prejuicios, mecanismos defensivos, bloqueos emocionales, etc., que hasta ahora permanecieron velados a nuestra conciencia. Mucho más obvio cuando se trata de una postura corporal: nos advertimos de una actitud muy objetiva de nuestro cuerpo (trabar rodillas, encoger los hombros, entrecerrar los párpados, cierto modo de suspirar…) que en absoluto responde a una decisión voluntaria y de la que somos inconscientes. El olvido de sí mismo puede ocurrir en sueños, en estados contemplativos cotidianos, en meditación, en una sesión de terapia, en estados de conciencia expandida, o cortando el pasto.

La observación de nuestra carta natal muchas veces promueve esos estados, aunque sólo si nuestra atención consciente ha disuelto la excitación por que nos diga “quiénes somos” y “qué nos va a pasar”. Cuando comenzamos a intuir la existencia de esa peculiar cualidad perceptiva de olvido de sí mismo, es posible entonces que, cada vez que nos descubramos usando la astrología para, por ejemplo, categorizar a las personas en inexorables rasgos de carácter, o para sentenciar fatales predicciones, o para convencernos de que sabemos perfectamente “quienes somos, qué queremos y cuál es la misión de nuestra vida”, experimentemos de inmediato un elocuente rubor, algún síntoma físico que parece delatar una impostura, cuando no una nausea que anuncia que ya hemos permanecido en esa pretenciosa y arrogante actitud demasiado tiempo y ya es suficiente. La meditación sobre la carta natal puede, a partir de allí, habilitar la experiencia de olvido de sí mismo y revelar, entonces, potencialidades inéditas.

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La consulta astrológica como espacio ritual

Muchas veces, la experiencia de consulta ofrece una espacie de “cámara Gesell”: la posibilidad de acompañar al consultante en la paradójica experiencia de olvidarse de sí para verse. No puede ocurrir por obediencia al consultor, ni por mera operación intelectual, ni por fría aplicación de una técnica astrológica. Requiere generar un espacio vincular –una calidad de encuentro- que adquiera una condición ritual, que propicie la confianza entre consultor y consultante, tanto como una íntima fe en el carácter sagrado –y, en ese sentido (y sólo en ese), transformador y benéfico- de la experiencia consciente que allí comienza a abrirse. Un ritual de invocación a la transparencia de otra realidad, a que se haga manifiesta y visible para la conciencia una dimensión de la propia existencia que comprende (es decir, incluye) al desconcierto y la zozobra de la propia vida y revela un sentido antes inimaginable. La clave es la confianza y la disposición –mezcla de franca honestidad e íntimo coraje- a reconocerse en “la verdad incómoda” acerca de quién soy y de mi destino que pueda cobrar nitidez durante la cita ritual.

Hasta que esa confianza y esa fe no manifieste un peso relevante, en ese encuentro prevalecerá el miedo a la subversiva información que emerge, el temor a quedar expuesto al poder del otro (en este caso, al del astrólogo), y, por lo tanto, alguna forma de resistencia (del consultante) o insistencia (del consultor) que finalmente consume toda la energía de la entrevista. El resultado es predecible: consultante enojado, consultor agotado y ambos decepcionados.

Resistencia (o miedo) y confianza es una polaridad. Si existe una, existe la otra. No se trata, entonces, de proponerse “que la confianza triunfe sobre el miedo”; no se trata de polarizar ambos extremos hasta dejar de percibir su dinámica. En ese ritual de encuentro que simboliza la consulta astrológica, la paciente y oscilante labor consiste en que la confianza comience a gravitar por agotamiento de “las razones” del miedo, o que el miedo exponga su contundencia y sea aceptado, con plena conciencia, como límite a la confianza. Si prevalece la confianza, allí surgirá el desafío de tomar responsabilidad de las direcciones que abra; si, en cambio, se hace evidente el miedo, surge el compromiso de ya no poder demorar su exploración y tratamiento (en el espacio o práctica terapéutica que parezca más adecuada).

Como no hay ningún lugar al que debamos ir y no es necesario cumplir con las instrucciones de ninguna autoridad que dictamine lo que es correcto, resulta irrelevante si prevalece la confianza o el miedo, porque ambas son legítimas expresiones de nuestra vivencia como personas y de cierto momento del viaje de la conciencia. El punto es ser honesto con la respuesta que prevalece, asumir su responsabilidad y no enmascararla. ¿Qué quiere decir esto? Veamos:

.- Si prevalece la confianza, la permanencia en el refugio de nuestro miedo comienza a resultar disfuncional, inorgánica y, en definitiva, psíquicamente tóxica. Cuando la confianza gravita en nuestra conciencia, entonces es tiempo de animarse a responder a un salto de creatividad en nuestra vida, a dar cuenta de mayor libertad aceptando resignar seguridad y certidumbre.

.- Si, en cambio, prevalece el miedo, las proclamaciones de confianza resultan riesgosas negaciones. Cuando el miedo se evidencia preponderante, entonces es tiempo de atender sus “razones”, de enterarnos qué nos dice acerca de nuestra vida y tomar responsabilidad de todo el dolor que pueda estar encubriendo, sin que tenga ningún sentido pretender ir “un paso más allá” de él.

El miedo pone en evidencia un límite; la confianza expresa disposición expansiva. La polaridad miedo-confianza guarda relación con otra: la polaridad límite-expansión. Como toda polaridad, el límite y la expansión representan un juego de modulación constante, una dinámica que da emergencia y sustancia al fenómeno de la conciencia. El límite no es la represión del impulso expansivo, ni éste la trasgresión de aquél. El límite afirma la expansión que se ha desarrollado; el impulso expansivo asegura que el límite no se cristalice. El límite habilita que la energía expansiva no se dilapide y malogre; la expansión permite que los límites no adquieran rigidez y tensión.

Límite sin sentido de expansión se torna retentivo y asfixiante, y, por lo tanto, destructivo.

Expansión sin registro de límite resulta frágil y desmembrante,  y, por lo tanto, destructivo.

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Encarnados y conscientes

Como espíritus en cuerpos (o cuerpos en espíritus), como animadas formas sujetas al tiempo y al espacio, el deseo y el miedo constituyen nuestra experiencia vital. No se trata de pretender no estar encarnados, ni de repudiar el deseo y el miedo. No obstante, somos seres encarnados en los que se desarrolla una extraña cualidad: la conciencia. No tiene sentido plantearnos la aspiración a no tener deseos o miedos, pero no podemos evitar el discernimiento y la atención consciente acerca de cómo operan el miedo y el deseo sobre nuestras acciones, sobre la conformación de nuestra identidad personal y nuestro destino, sobre nuestra percepción del tiempo, sobre nuestra valoración del pasado, sobre nuestra proyección al futuro, etc.

Forma parte del viaje de la conciencia la irrupción de indicios –cada vez más convincentes- de ese olvido de sí mismo que, con insistencia, persuaden a desarrollar ese atento discernimiento –resistido e ineludible- sobre el condicionamiento que genera en nuestras vidas nuestros sueños, anhelos, deseos, pesadillas, temores y miedos. En algún momento del despliegue de nuestra conciencia será necesario asistir a la evidencia de ya no (poder) sentir genuina y auténtica toda aquella construcción de la personalidad. La convicción en la imagen de nosotros mismos se torna no creíble o, al menos, se encienden alertas acerca del sufrimiento que trae a nuestra vida y del riesgo de patología de sostener su creencia.

A partir de allí se abre el compromiso con lo discernido, el lúcido seguimiento consciente de cómo elabora nuestra psiquis esa novedad y qué dinámica adquiere el destino ante ese maduro y sólido cuestionamiento a que el yo (la identidad personal con su carga de condicionamientos, miedos y deseos) sea el centro operativo de nuestra experiencia vital.

Ahora bien, si no nos constan esos estados de olvido de sí mismo, si no tenemos esa experiencia en nuestro capital vivencial, nada de lo presentado en esta nota adquiere el menor sentido.

Don Ata da una mano.

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Responses

  1. Baila el alma y se aterra el yo…una comprende y el otro se desespera por no terminar de entender :)
    Gracias por ponerle palabras a la búsqueda!

  2. Muchas gracias Alejandro ! Blog destacado!!! Abrazos

  3. Despabilar los regodeos del alma, cuando se quiere tirar a rancia. Gracias Ale.


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