Posteado por: alejandrolodi | 2 febrero, 2017

Deseo, miedo e identidad

Alejandro Lodi

(Febrero 2017)

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Aquello que deseamos y aquello que tememos restringe y distorsiona nuestra percepción de las cosas. Si nuestro deseo cambia o nuestro miedo se disuelve, la realidad que percibimos pasa a ser otra. Nuestros deseos y nuestros miedos configuran el mundo. Y esto significa, fundamentalmente, que dan sustancia y forma a nuestra personalidad y que, por lo tanto, diseñan destino.

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Llamada del alma y transformación del ego

Nuestra identidad más primaria se constituye en un repliegue defensivo. Los astrólogos decimos (algunos, al menos) que nuestra identidad primaria es lunar, es decir, que se organiza desde el condicionamiento de la lucha por la supervivencia. ¿Por qué? Nacemos prematuros. Sin la madurez suficiente como para valernos por nosotros mismos. Necesitamos de otro (la madre) que nos proteja, nos alimente y nos quiera. Sin ese otro moriríamos. Sin ese otro no seríamos. Ese otro nos da identidad. Somos lo que nos asegura sobrevivir. Somos lo que nos asegura madre.

De este modo, la imagen de nosotros mismos con la que inconscientemente comenzamos a identificarnos desde niños se forja en cualidades y contenidos que nos brindan esa sensación –lo suficientemente convincente- de protección, nutrición y afecto. Sentimos que necesitamos de esos atributos para existir y que sin ellos, por lo tanto, no seríamos. Nuestro deseo y nuestro miedo se impregnan de ese estado de necesidad. El deseo de asegurarnos lo que necesitamos para sobrevivir y el miedo a perderlo. El ego es necesidad. Y necesidad es condicionamiento; es decir, lo opuesto a la libertad. El ego pide, toma y se apega a lo que cree que necesita. Y apego es cierre; es decir, lo opuesto a dar. El ego no puede ser generoso, porque está condicionado por la falta: una íntima sensación existencial de carencia.

Allí se configura el juego. Y el juego persiste ya adultos. Si pretendemos sentirnos libres, quedarán expuestos nuestros condicionamientos. Cuestionarnos acerca de dimensiones más genuinas y generosas de nuestras vidas conduce, invariablemente, a que el apego a miedos y deseos -asociados a la supervivencia de la imagen de uno mismo- se evidencie como obstáculo. Para responder a la intuición de esa gracia expansiva, para atender a los llamados de autenticidad y creatividad que sentimos despertar en lo más verdadero de nuestro corazón, debemos atrevernos a observar deseos y miedos, a asumir que ya no pueden contener la vitalidad que nos anima. La liberadora y terrible evidencia de que ese refugio de imágenes, memorias y relaciones ya no nos cuida, ni nos nutre, ni nos quiere, sino que nos fragiliza, nos intoxica y nos rechaza. No hay forma de ser creativo sin enfrentar aquellos deseos y miedos, y reconocer la elocuencia de que nuestro ser los desborda.

Para ser libre tendré que transformarme. Yo mismo y el mundo serán otros. No es asunto de magia ni de imperativo moral alguno, sino del natural efecto de una circulación que no responde a nuestra voluntad. Como en ellos construimos nuestra identidad personal, si se transforman nuestros deseos y miedos, se transforma la realidad del mundo: lo que creo ser y mi destino.

Quizás la verdad más antipática sea que este cauce que adopta el viaje de la conciencia no es evitable y no implica necesariamente el paso a una situación mejor que la anterior (al menos, no para la persona que creemos ser). La transformación personal y el acceso a una dimensión de mayor creatividad no son premio, mejora o felicidad, ni castigo, empeoramiento o desdicha. Los propósitos del alma son ajenos a los juicios acerca del bien y del mal que emite la personalidad.

El beneficio del alma puede implicar nuevos conflictos para la personalidad. La indicación del alma no da opción; no hay caminos alternativos y resistir su persuasión genera mayor sufrimiento. En algún momento, su impulso se presenta en nuestras vidas. Nos lleva a confrontar con nuestros deseos y miedos, y deja en evidencia una verdad oculta acerca de nosotros mismos. Ese impulso tiene el carácter de una convocatoria inapelable a una vitalidad renovada y auténtica, sin promesas de ser mejores, ni más sabios, ni más felices. Un movimiento expansivo que resulta inevitable, una dinámica plena de energía a la que sumarse no es una variante opcional, sino un amoroso imperativo. Disolver condicionamientos de nuestra personalidad implica asumir mayor responsabilidad y creatividad con la vida.

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Ni mandato, ni resistencia

La descripción de esta dinámica psíquica –que involucra a deseos, miedos e identidad– siempre conduce a una primera reacción: entenderla como un mandato, traducirla en juicios de valor, polarizarla en “lo que se debe” y “lo que no se debe”, y fascinarnos con su cumplimiento o su resistencia.

Sin embargo, responder a ese pulso de la vida no es una severa y difícil tarea que una autoridad superior nos impone a favor de acceder a “lo elevado, superior y divino”, en detrimento de permanecer en “lo bajo, inferior y humano”. Vivirlo de ese modo es un extravío. Es como decidir no comer carne animal, ni tener sexo, ni ser agresivo porque “está mal” y “no es propio de un ser espiritual”. Es un prejuicio, no una respuesta. Subordinar nuestras acciones a juicios morales nos convierte en seguidores de modelos, en devotos de autoridades externas. Por supuesto, tampoco se trata de que esté mal ser un seguidor o un devoto, sino de registrar que en esa posición es otro (el modelo, la autoridad) quien se hace responsable de nuestras decisiones, sin que nos conste íntimamente de donde han surgido y sin asumir el riesgo de lo que indica nuestra percepción.

No se trata de lograr “que no haya miedo ni deseo”, ni de juzgar que “está mal sentir apego y necesidad”, sino de asistir con conciencia a esos momentos en que cede la identificación con el miedo y el deseo, y, sin que desaparezcan, pueden ser percibidos con distancia emocional y mental.  Es ese estado -súbito y revelador- de olvido de sí mismo. Por cierto, no se trata de proponernos el objetivo de permanecer en ese estado o de plantearlo como la conquista de una instancia superior de uno mismo. Es algo del orden de aquello que “ocurre” o “no ocurre”, de lo que podemos estar atentos o distraídos.

Se trata de percibir una evidencia: la información que obtenemos de esos momentos de olvido de sí mismo es de una cualidad completamente distinta a la de nuestra vigilia consciente. Parece obvio que esa información llega de otra dimensión de la vida que nos anima, tal como ocurre en ciertos sueños o en estados que, por algún motivo (y aquí entendemos por qué) llamamos extáticos. Momentos en los que el inconsciente -el alma- asalta a nuestro discernimiento y sentimos participar vívidamente de otra realidad, tan cierta como cualquier otra, tan radiante y reveladora de sentido como ninguna.

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Responses

  1. Muy bella nota. Gracias Alejandro. La comparto!

  2. Que lindo es leerte Lodi… Sos experto en atar cabos que tenemos sueltos los que buscamos saber y vamos tomando todo lo que nos llega en perfecto caos… Gracias por tu claridad!!!

    • Gracias Laura. Son mis cabos sueltos. Se me desatan a cada rato. Feliz de compartir. Abrazo…

  3. Gracias Ale, como siempre moviendo neuronas, gran observador del comportamiento humano, un excelente y muy sensible maestro. Abrazo de oso amigo en el camino, namaste

  4. Excelente, Ale, simple en esencia pero tan complejo como vivir

  5. Como introducirnos en otra realidad, desconcertante, por nueva. Un volver a nacer en vida, con el peligro de la locura de fondo si nos quedamos atrapados en lo viejo…inquietante, interesante y esperanzador, todo a la vez.


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